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Pregunta 93:

¿Por qué no pidió Jesús que se pusieran por escrito su mensaje y sus enseñanzas? (TR)

 

Respuesta a la dos preguntas: Quien hace esta pregunta debería volver a leer con atención el capítulo 1 del libro, titulado La Sagrada Escritura y la palabra de Dios, y, posteriormente, la contestación que dimos a la pregunta 60 sobre la existencia de cuatro Evangelios.

 

La pregunta sobre la falta de interés de Jesús por la escritura de su mensaje y enseñanzas se deriva de la doctrina clásica islámica que procede del Corán (2,136), según la cual algunos destacados profetas, como Moisés (Musa), Jesús (Isa) y Mahoma, recibieron, cada uno, una escritura directamente de Dios. Para Moisés fue la Torá, para Jesús el Evangelio y para Mahoma el Corán. Según esta creencia, las respectivas escrituras, las palabras que primero se encontraban en el corazón de Dios y luego en los labios de su profeta, se pusieron por escrito muy pronto en forma de rollo o de códice, sin que se produjera cambio alguno en su verdadera formulación. Esta idea contiene implícitamente dos afirmaciones; en primer lugar, que estos profetas recibieron efectivamente la formulación real de una escritura, y, en segundo lugar, que lo que proclamaron oralmente, es decir, lo que creyeron que era el mensaje de Dios, fue puesto por escrito al pie de la letra sin cambiar ni una sola letra. Dejamos abierta la cuestión de hasta qué punto esta visión de la historia puede verificarse fidedignamente.

 

Tanto los investigadores cristianos como no cristianos están de acuerdo en que Jesús nunca afirmó que Dios le había revelado la formulación de una Sagrada Escritura que ya existía en Dios, que en la tradición islámica se denomina indschil, ni que él solo o con la ayuda de los apóstoles hubiera dado al mensaje así entendido una forma escrita en un solo libro, llamado indschil.

 

De acuerdo con el consenso en el campo de la investigación, debemos imaginar que el proceso de transformación en escritura del mensaje de Jesús, o, mejor dicho, el proceso de la génesis de los escritos que fueron posteriormente coleccionados y se convirtieron en las escrituras normativas de la Iglesia en forma de Nuevo Testamento, aconteció tal como describe el prestigioso teólogo católico Otto Hermann Pesch: El mismo Jesús se refiere a la escritura, a la ley y los profetas (véase Mt 22,40), que contienen [según las enseñanzas de Jesús] la palabra y la voluntad de Dios. Pero lo que ocurrió con él [Jesús] fue lo mismo que había ocurrido a las historias del Antiguo Testamento y a las palabras de Moisés y los profetas. Al principio, la gente hablaba sobre él –en la eucaristía, en las declaraciones de fe– y también sobre sus palabras. Sólo posteriormente se pusieron por escrito, al principio unas pocas y luego cada vez más se fue incrementado el número de palabras que había pronunciado y que eran relevantes para los creyentes. Finalmente, en las manos de escritores y teólogos con talento, las historias, la palabra y la interpretación se mezclaron conjuntamente para completar historias o relatos que llamamos los Evangelios, de acuerdo con el primer versículo del más antiguo de ellos (véase Mc 1,1). Además, aparecieron las cartas pastorales de los diversos apóstoles, misioneros y líderes de las comunidades, especialmente las de Pablo. Y así se creó una nueva colección de libros, es decir, el Nuevo Testamento. Y así como usando el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel aprendió su fe en la cercanía de Dios a través de su historia, de igual modo los cristianos usan el Nuevo Testamento para aprender su fe en la cercanía definitiva e irrevocable de Dios a todos los seres humanos en su Hijo, Jesucristo crucificado y resucitado. Por consiguiente, el Nuevo Testamento es Santo Evangelio, como el Antiguo Testamento. No niega las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento. Creemos que es el mismo Dios el que actuó en el pueblo de Israel y se manifestó en Jesucristo. Los dos Testamentos juntos, uno como el libro de la promesa, el otro como el libro del cumplimiento, forman la Sagrada Escritura –la Carta Magna de la fe y de la Iglesia. Por consiguiente, la pregunta si podemos creer en la Biblia ha sido respondida, pues se responde a sí misma. Creemos porque la Biblia nos invita a creer. Sin la Biblia no seríamos cristianos, pues sin ella no creeríamos. Es como si mirásemos a una persona amada y nos preguntáramos: ¿Puedo amar a esta persona? Si la amamos, entonces sencillamente la amamos y dejamos de preguntarnos si podemos o no amarla. Lo mismo podemos decir sobre la fe en la Biblia: su palabra nos invita a creer. Si, como consecuencia, creemos en Dios, sencillamente creemos. La Biblia ha llegado a convencernos tanto que ya no tiene sentido preguntarnos si podemos creer en ella.

 

La Biblia como libro humano

 

[Evidentemente]…queremos saber si todas estas cosas han ocurrido tal como las cuenta la Biblia. Sobre todo, las extrañas historias de la intervención milagrosa de Dios en el curso de la historia. Prestando atención a la crítica bíblica o a la ciencia bíblica crítica, que compara los relatos bíblicos con el conocimiento que poseemos sobre estos tiempos y el ambiente de entonces, con otras fuentes, entonces llegamos a la siguiente conclusión: No puede haber ocurrido así, la historia se ha mezclado con la leyenda y la interpretación religiosa le ha dado su colorido específico…

 

En este momento, tenemos que recalcar algo importante: La Biblia contiene la palabra de Dios, pero oculta en palabras humanas. Cuanto más tomemos la Biblia seriamente como libro humano, tanto mejor. Sin embargo, esto también significa que sus autores eran hijos de su época –un aspecto que también puede verse en el hecho de que escribieron en la lengua de su entorno, es decir, en hebreo y en griego. Escribieron sus libros del modo que entonces se escribía. Así, por ejemplo, dado que entonces se estimaban más los buenos relatos que actualmente, los escritores bíblicos incluyeron relatos en sus libros e incluso, tal vez, inventaron algunos para explicar lo que querían decir. Y, por supuesto, escribían para promover la fe en Dios, para proclamar su actuación. ¿Quién se sorprenderá de que se mezclen la interpretación creyente y el informe puro? Ni tampoco asombra que los libros contengan otros conocimientos además de las cuestiones estrictamente de fe, como, por ejemplo, la creación del universo, el final del mundo, etc. Lo que ciertamente no escribieron fue un manual de nuestro tiempo, donde una cosa sigue claramente a otra, ni tampoco una crónica periodística objetiva ni un protocolo policial, porque desconocían todo esto. Y si se lo hubieras contado a ellos, los habrían tomado por leyendas, no habrían entendido por qué se catalogan como crítica.

 

La palabra de Dios no puede obtenerse por otro medio que vinculándose a ella en el tiempo en que se escribió. Y si la Biblia fuera diferente, si, por ejemplo, se hubiera escrito en el modo en que ahora la poseemos, entonces nunca habríamos encontrado la fe, porque esta Biblia no existiría. Resulta fácil comprenderlo. Si el escritor bíblico, posiblemente mediante una revelación especial del Espíritu Santo, hubiera escrito en el estilo del siglo XX, entonces nadie de su tiempo la habría entendido en absoluto. Nadie habría sentido que les afectaba y, por tanto, a nadie la habría interesado, ni se habría conservado poniéndola por escrito, traduciéndola a otras lenguas y extendiéndola , con el resultado de que no tendríamos conocimiento alguno de la existencia de una Biblia. Así pues, existe una buena razón para que la palabra de Dios se ocultara en lo humano. Deberíamos estar agradecidos por ello y no quejarnos de que al nacer posteriormente en lugares diferentes, no sólo tenemos que traducirla, sino también explicarla e interpretarla para comprenderla más exhaustivamente (Kleines katolisches Glaubensbuch, Topos, 1992).

 

Con el objeto de explicar la escritura a lo largo de los siglos en tiempos y situaciones siempre nuevas, se prometió a la Iglesia la guía del Espíritu Santo. Según la doctrina católica, el Espíritu Santo, mediante el oficio de la enseñanza (lat. magisterium), el obispo de Roma y todos los demás obispos protegen a la iglesia de los errores graves en la enseñanza de la fe y la moral.

 

Contáctenos

J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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